Escribe: Luis Mario Díaz Peláez
El 24 de julio del 2007 se publicó en internet – Yahoo Noticias España – una noticia insólita bajo el título: “Los Peruanos se ven a sí mismos desleales, mentirosos y deshonestos”. La nota decía, textualmente, lo siguiente:
“Lima (AFP).- La autoestima y los valores de los peruanos están en crisis a juzgar por un sondeo en el que la población define a sus compatriotas como desleales, desconfiados, irresponsables, deshonestos y mentirosos.
La paradoja de este abrumador inventario, que desnuda las debilidades y las fortalezas de los peruanos, es que la mayoría dice estar orgullosa de ser peruanos.
La mala percepción alcanza la cúspide cuando 9 de cada 10 encuestados (88%) afirma que no todos los peruanos son iguales ante la ley, según el sondeo de la Universidad de Lima efectuado a 516 personas en Lima y divulgado el lunes.
La guinda del pastel es la impuntualidad, una virtud que no figura entre las prioridades de los peruanos: un 85% dice ser impuntual en el mismo año en que el Gobierno lanzó una campaña para fomentar el respeto a la hora.
El sondeo señala que un 76% admite no cumplir las leyes, otro 76% confiesa que los peruanos no son justos, un 73% señala que sus connacionales no dicen siempre la verdad y un 71% resalta la infidelidad con la pareja como otro “valor”.
La deshonestidad (65%), la desconfianza (65%), la irresponsabilidad (66%), la falta de respeto (62%) y la deslealtad (57%) cierran la galería de valores que retrata a un país sumergido en una crisis y que se declara profundamente religioso (70%) y trabajador (81%)”.
Han pasado cinco años desde la publicación de dicha encuesta, y seríamos ingenuos si creyéramos que la percepción de las características que nos identifican como sociedad, como pueblo, han cambiado sustancialmente en ese quinquenio. Repetimos de manera general y hasta instintiva, la afirmación de sentirnos orgullosos de ser peruanos, pero muy pocas veces nos detenemos a pensar si, realmente, tenemos motivos para sentir tal orgullo.
Declarar que sentimos el orgullo de ser peruanos, es casi una obligación, porque, si alguien dice lo contrario, si se atreve a cuestionarlo, de inmediato es calificado como antipatriota y se expone a una serie de agravios. Aun a sabiendas de este riesgo, en el presente artículo me propongo examinar más de cerca ese “orgullo nacional” para conocer si, efectivamente, tenemos razones para sentirlo.
Según la Enciclopedia Wikipedia, el orgullo, como acto de autoafirmación, puede entenderse como “la reivindicación de lo que uno es y del grupo o colectivo al que se pertenece”. Sentir orgullo, en este sentido, implica estar contento, satisfecho de tener ciertas características, y de vivir en una sociedad que las comparte. ¿Cómo podemos, entonces, sentirnos felices de tener las características que indica la encuesta: desleales, desconfiados, irresponsables, deshonestos, impuntuales, mentirosos, etc.?
Una explicación podría ser que, cuando decimos que nos sentimos orgullosos de ser peruanos, no nos referimos al hecho de tener o compartir en general, todas o algunas de las características mencionadas, sino al orgullo de ser herederos del Imperio Incaico, una de las culturas más importantes del continente americano; sin embargo, aun si este fuese el caso, en realidad no tenemos motivos para sentir ese supuesto orgullo, ya que no es el resultado de nuestros esfuerzos o de nuestros méritos. Ello es así, por dos razones fundamentales:
Primero, porque la condición de herederos de los Incas no es algo que hayamos obtenido con nuestro trabajo y dedicación, sino que nos es inherente por el sólo hecho de haber nacido en este territorio. Es obvio que haber nacido en el Perú o en otro lugar del planeta no es decisión de cada uno, ni resultado de su esfuerzo; por tanto, más que motivo de orgullo, es en realidad motivo de gratitud. Dios, el destino, la suerte o algún misterio permitió que naciéramos en este país y, únicamente por eso, hemos adquirido la condición de herederos de una de las culturas más admiradas y desarrolladas del mundo. Este hecho, ajeno a nuestra voluntad, no puede ser motivo de orgullo, sino, repito, de gratitud.
Otra razón para no tener justificados motivos de proclamar el orgullo de ser herederos de los incas, es que no nos hemos hecho merecedores de su legado. ¿O es que alguno de nosotros podría afirmar, sinceramente, que en nuestro país aplicamos las normas de Ama Sua, Ama Quella y Ama Llulla: No seas ladrón; No seas ocioso; y, No seas mentiroso? Entonces, ¿cuál es el merito que hemos hecho para sentirnos orgullosos de tan valioso legado?
El no haber sabido hacernos dignos herederos de nuestros antepasados, en lugar de ser motivo de orgullo, debería ser motivo de vergüenza, y obligarnos a reflexionar y actuar cotidianamente para cambiar esta lamentable condición de herederos inconsecuentes y malversadores del legado de nuestros ancestros.
De otro lado, tal vez alguien podría replicar que nos sentimos orgullos “de haber nacido en esta hermosa tierra del sol”, como dice el vals “Mi Perú”, compuesto por Manuel Raygada Ballesteros; sin embargo, esa afirmación, esa frase, es válida desde el punto de vista poético, musical o artístico, pero no lo es desde un punto de vista lógico, porque, al igual que la condición de herederos de los Incas, haber nacido en esta hermosa tierra del sol no es motivo de orgullo, sino de gratitud.
Así como nacimos en el Perú, pudimos haber nacido en cualquier otro país, pues, hasta donde sabemos, nadie nace en determinado lugar como premio a sus buenas acciones. Simplemente nacimos en cierto territorio y nos adecuamos a las costumbres de los habitantes del mismo.
Los únicos que podrían sentir un orgullo vinculado al territorio, son los pueblos que supieron cuidar y aprovechar los beneficios del territorio peruano, como es el caso de nuestros antepasados, de las culturas pre Incas e Incas, que supieron interactuar con la naturaleza, ampliaron la frontera agrícola, construyeron andenes, caminos, fortalezas, etc., y nos legaron un territorio mejor al que ellos recibieron.
Nosotros, nuestra generación actual, con toda la modernidad y los avances tecnológicos que ni siquiera son resultado de nuestra creatividad, sino que importamos de los países supuestamente desarrollados, ¿Podemos afirmar que dejaremos a las siguientes generaciones un territorio mejor, con tierra más productiva, agua y aire limpios? Claro que no, entonces, ¿De qué podríamos sentirnos orgullosos? ¿De haber reducido el territorio que nos dejaron nuestros antepasados? ¿De haber contaminado la tierra, el agua y el aire?
En realidad, no solamente no tenemos motivos ni hemos hecho méritos para sentir ningún orgullo vinculado a nuestra condición de herederos de los Incas, ni al territorio en el que nacimos; sino que, por el contrario, tenemos más que suficientes razones para sonrojarnos de vergüenza, por lo desagradecidos que somos con nuestros antepasados y con esta hermosa tierra del sol a la que nuestra ambición, egoísmo e indiferencia la han convertido en un territorio lleno de montañas empobrecidas, tierras subastadas, playas contaminadas, cumbres sin nevados, y ríos y quebradas arrastrando basurales que, como diría el poeta Jorge Manrique: “van a dar en la mar, que es el morir…”.
No faltará quien cuestione o discrepe de estos razonamientos, bajo la careta de un falso patriotismo o de una actitud positiva, diciendo que mis palabras son sólo críticas, o que con éstas ofendo al sentimiento de identidad nacional. Nada más erróneo. Amar al país no es esconder la basura bajo la alfombra; amar al país es sacarla, es exponerla, es encararla con valor, sin eufemismos ni maquillajes, pues el primer paso para transformar una realidad, por dolorosa que ella sea, es descubrirla, es conocerla, es aceptarla, y, a partir de ello, asumir el compromiso responsable de actuar positivamente para cambiarla. Y son esos actos positivos, esa voluntad y ese compromiso con el país, lo único que nos hará merecedores de sentirnos orgullosos de nuestra condición de herederos de los Incas y de haber recuperado la grandeza de este maravilloso territorio en el que tuvimos la suerte de nacer. Sólo entonces, cuando en nuestra sociedad prime el respeto al prójimo, a la ley, a la palabra empeñada, a la puntualidad y al bien común, podremos cantar en voz alta y sin hipocresías: Tengo el orgullo de ser peruano, y soy feliz.
Artículo publicado en el blog: www.estrelladorada13.blogspot.com



