Una de las mejores formas de celebrar el centenario del nacimiento de un autor clásico, como lo es José María Arguedas, es que todos los peruanos tengan oportunidad de leerlo, y no tan solo a loarlo. Vale el reconocimiento, pero más valor tiene el conocimiento de su obra.
El hecho de volver a editar en forma facsimilar “Dioses y Hombres de Huarochirí” - la narración quechua escrita supuestamente en 1598 por el canónigo mestizo Francisco de Ávila, editada y traducida en 1966 en forma bilingüe por el profesor José María Arguedas- es un acertado homenaje por parte del Instituto de Estudios Peruanos a uno de sus miembro fundacionales, y a puertas de cumplirse cincuenta años de vida de esta institución.
La recopilación y redacción de documentos administrativos coloniales denominados “visitas”, fue un recurso de planeamiento estratégico usado por el sistema colonial para conocer y controlar el territorio y las poblaciones de macro etnias y de etnias dispersas, con fines de tributación, evangelización, extirpación de idolatrías y sometimiento. “Visitador” era el encargado de recopilar, redactar e instruir qué medidas tomar, después de un largo trabajo de inteligencia ayudado por “informantes” nativos.
Mentalidad
Francisco de Ávila(o Dávila) fue un canónigo mestizo cusqueño- nació en 1573, muriendo en Los Reyes el 4 de junio de 1647, día de las llagas del seráfico San Francisco de Asís, triste y sin lograr el nombramiento de consejero del arzobispo Pedro de Villagómez en cuestiones de idolatrías, no obstante su trabajo desplegado en la provincia de Huarochirí (ver estudio biobibliográfico, de Pierre Duviols, al final del texto). En la introducción Arguedas considera que “Dioses y Hombres de Huarochirí” (el título es suyo) es el único texto quechua popular conocidos de los siglos XVI y XVII y el único que ofrece un cuadro completo, coherente, de la mitología, de los ritos y de la sociedad en un provincia del Perú Antiguo. Un documento excepcional (de 35 manuscritos), útil para reconstruir o de-construir la mentalidad mágica del poblador prehispánico, y su represión.
Mentalidad que resistió bastante a la extirpación de sus idolatrías (más de 5 mil): dioses, huacas, muertos, creencias, ideas, vivencias, fiestas, ritos, supercherías, mitos, leyendas y cosmovisiones. De no haber sido por el grupo de indios informantes colaboracionistas (ladinos o atemorizados) el “visitador” no hubiese podido recopilar ni armar la narrativa de su discurso o gramática del poder. “Y es mucho de notar que en estos indios que asimismo acuden a esto[la llamada idolatría] hay muchos ladinos y entendidos y que saben leer y escribir, y se han criado con españoles sacerdotes, y otros son cantores de las iglesias y maestros de capilla” (Avila:252). A su turno Arguedas agrega: “No es insensato suponer que el manuscrito fue recogido de más de un informante de la provincia de Huarochirí, por orden de Ávila y mediante auxiliares convenientemente instruidos” (p.13). A partir de un largo trabajo de campo, diríamos hoy. Saber, estar informado, para dominar y ejercer poder.
Extirpación
La política de extirpación de idolatrías tiene que contextualizarse como parte de otras medidas de dominación de la Iglesia Católica: velar por la disciplina interna mediante el “consenso” de los Concilios; administración de la feligresía en las parroquias y curatos; lucha contra herejes (Santa Inquisición); formación de extirpadores de idolatrías; y empresa misional en la Amazonía para evangelizar “chunchos”. Para ello llegaron 5,428 misioneros a América entre los siglos XV-XVI, y 3,814 en el XVII. Misiones con una sola visión: consolidación del aparato colonial.
La traducción del quechua al castellano del “informe” la publicó Arguedas en 1966, luego de una ardua y tensa labor lingüística-vivencial en busca de un texto limpio y entendible. Intuyo que con un sufrido/placentero trabajo como traductor, con un sentimiento agónico (lucha; sentimientos encontrados) a favor de los indios y su herencia. Pues en Huarochirí las “hordas serranas” de los Yauyos hicieron huir violentamente de esas tierras a las etnias costeñas de los yungas, “siendo la ofensiva comandada por el propio dios Pariacaca y sus hijos, entre ellos Tutayquiri” (María Rostworoski: Ensayos de historia andina II, 1998, p.36). El traductor tuvo que ubicarse imaginariamente en esos tensos momentos, durante la serie de llegadas del “extirpador” Ávila.
Paralelamente a este trabajo Arguedas atravesaba un difícil y promisorio momento: En 1964 renuncia a la Dirección de la Casa de la cultura; asume la dirección del Museo Nacional de Historia (ahí ya pensaba en traducir dicho manuscrito); viaja a México; enseña quechua en la Universidad Agraria de La Molina, y en San Marcos dicta “Culturas regionales comparadas”; y publica Todas las Sangres(analizada a palazos por ciertos sociólogos urbanos: caballeros de la mesa redonda). En 1965 viaja a Génova, Francia y Estados Unidos; se divorcia de Cecilia Bustamante; publica “El sueño del pongo”, poesías y numerosos artículos; las guerrillas del Cusco y Junín lo marcan profundamente. Y en 1966 intenta suicidarse; luego traduce Dioses y Hombres de Huarochirí; se retira del museo; empieza su tratamiento siquiátrico en Chile con la Dra Hoffman; trabaja solo en La Molina (interrumpía sus clases a las seis de la tarde invitando a observar la bandada de loros que posaban en los huertos universitarios para tomar agua, procedentes de Cieneguilla rumbo a los bosques de Huachipa, donde dormían; según versión de su alumno Ricardo Rivera).
Traductor
El trabajo de Arguedas entraña toda una fenomenología de la traducción. La traducción del texto quechua- dice – nos pareció una tarea superior a nuestras posibilidades. Tardamos más de cinco años en decidirnos a hacerla y en encontrar tiempo para realizarla. John Murra terminó por convencerlo. ¿Fue un pusilánime? En parte sí, por su propio carácter; pero se animó movido sobre todo por ser un orgulloso quechua-hablante, no como otros que hablan como “loros” sin saber quechua. “Por tal razón no renunciamos a la dura tarea de la traducción”; pero “esta traducción no es ni puede ser la más perfecta”, “habrá de ser perfeccionada” para iluminar “la penumbra aun no esclarecida de nuestro pasado prehispánico”. Esta es la humilde declaración de un traductor, escrita entre diciembre a junio de 1966, tres años antes de su suicido/inmolación.
Concuerdo con el filósofo Edgardo Albizu (traductor del alemán al español) cuando dice que el traductor deber ser lo más fiel a las ideas del autor en tanto estas puedan hallar alojamiento en nuestra lengua, lo cual a veces significa forcejear en esta para que devele ocultas posibilidades; lo que está en juego es el pensamiento del autor[ del recopilador Ávila, en este caso] y la posibilidad que nosotros, los lectores de la obra traducida, podamos abrirnos a las ideas que se hallan en el original. Esto lo cumple a cabalidad Arguedas.
“Traducir es intentar que ideas brotadas en un lenguaje adquieran sentido en otro. Por eso traducir es una tarea de interpretación en la cual hay un momento característico, sumamente arriesgado: aquel en el cual la idea parece quedar en el vacío, columpiándose en su pura conceptualidad, desgajada de la palabra originaria y todavía no aposentada en la que se abre para recogerla”. Arguedas re-pensó y co-interpretó de la mano con el manuscrito de Avila y de otros textos, además de colaboradores.
Considera que si las palabras [quechuas y españolas, o quechuañoles] son el almácigo de las ideas, estas son la movilidad inherente a todo lenguaje, su energía peculiar, de modo que el idioma ofrece al pensador ideas que pueden ponerlo en movimiento no solo a él sino a otros idiomas. Es más, el traductor Arguedas, al dar a conocer este texto desentrañó no solo la intencionalidad del “visitador” sino sobre todo la ideología que sustentó la colonización del mundo de vida indígena, en provecho de una administración sistémica y extirpadora controlada desde Los Reyes (Lima). Tecnologías de poder supérstites hasta hoy en día, desgraciadamente.
Lima verano, 3 de abril 2012. Para el Diario Oficial El Peruano.
Luis Arista Montoya




